
Quise rozar su cuerpo y le rocé. Quise lamer sus heridas y las lamí. Quise dominar, mandar, y lo conseguí. Quise encadenarme a sus cabellos y me até bien fuerte. Quise hacerle sentir calor y lo sintió. Quise fumarme hasta sus colillas y me convertí en humo. Quise tragarme todos sus suspiros y le robe hasta el último aliento. Quise cambiar de estación y durante ese invierno las noches fueron primavera. Quise que su cuerpo se quedara pegado a las sábanas blancas y él y ellas fueron uno. Quise conocer todos sus secretos y no deje ni un solo escondite de su cuerpo sin recorrer. Quise que se olvidara del tiempo y durante seis días no hubo diferencia entre el día y la noche. Quise restregar cada palabra por sus labios ardientes y no deje una gota de saliva sin impregnar de mis vocablos. Quise que gritara tan alto, que en el último de sus gritos la voz se escondió entre el aire caliente. Quise que pidiera socorro y entre el mar de mi cama hubo un incendio. Y después de eso, quise que al llegar el alba estuviese tan dentro que al intentar respirar nos faltase el aire, y eso, también lo conseguí. Pero esta vez no me quedé ahí y aún quise más. Así que aspiré su olor, me duché en su sudor y trafiqué con su saliva.
Quise tanto que ahora hablo en pasado. Quise tanto que ahora de todo aquello sólo queda el quise, y ese olor permanente que me recuerda el frío de esa cama que no deja de gemir buscando su presencia en noches como estas, y en otras tantas más. Creo que quise tanto que al final le desintegré y a mí con él.
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