miércoles, 7 de septiembre de 2011

La esencia de la vida.


Noches de viento fresco e ideas furtivas. Noches que discurren en la tranquilidad de quien las deja fluir y no las pide nada a cambio. Noches que son capaces de iluminar días, de hacer cantar al Cuco y brillar a las luciérnagas. Noches que descubren eclipses y encubren penas. Noches que nos permiten oír susurros y vencer miedos. Noches que nos hacen soñar y ser inmortales. Noches que nos hacen perder el control.

En contraposición a ellas están las mañanas. Mañanas que dan dolor de cabeza. Mañanas de despertador, de obligación. Mañanas capaces de hacer sonar sirenas, de crear problemas y florecer a las explicaciones. Mañanas con tanta niebla que hacen a las golondrinas encallar en sus nidos y lejos de hacerlas cantar, cohíben sus ruidos.

Palpitar dispar de las dos partes de un todo que buscan indefinidamente a aquel ser que habita en ellas. Aquel ser que las da sentido y las hace suyas, que cada hora que pasa disfruta de ellas. A cambio, estas, hacen a ese ser estar en equilibrio y lo ayudan a satisfacer, temporalmente, lo que es la perpetua sensación de objetivo inalcanzado, objetivo que habitualmente se desconoce cuál es, pero que supone la incertidumbre irresuelta que hace, una vez más, sonar el despertador. Uno habitualmente se pasa la vida como en el mito de Sísifo y sólo la diferencia entre la noche y el día nos permiten descansar de nuestra eterna agonía. Una agonía que, lejos de hacernos sufrir, supone la esencia de la vida.