jueves, 30 de agosto de 2012

Sólo puedo decir.

Sólo puedo deciros que me enamoré y perdí la inspiración.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La esencia de la vida.


Noches de viento fresco e ideas furtivas. Noches que discurren en la tranquilidad de quien las deja fluir y no las pide nada a cambio. Noches que son capaces de iluminar días, de hacer cantar al Cuco y brillar a las luciérnagas. Noches que descubren eclipses y encubren penas. Noches que nos permiten oír susurros y vencer miedos. Noches que nos hacen soñar y ser inmortales. Noches que nos hacen perder el control.

En contraposición a ellas están las mañanas. Mañanas que dan dolor de cabeza. Mañanas de despertador, de obligación. Mañanas capaces de hacer sonar sirenas, de crear problemas y florecer a las explicaciones. Mañanas con tanta niebla que hacen a las golondrinas encallar en sus nidos y lejos de hacerlas cantar, cohíben sus ruidos.

Palpitar dispar de las dos partes de un todo que buscan indefinidamente a aquel ser que habita en ellas. Aquel ser que las da sentido y las hace suyas, que cada hora que pasa disfruta de ellas. A cambio, estas, hacen a ese ser estar en equilibrio y lo ayudan a satisfacer, temporalmente, lo que es la perpetua sensación de objetivo inalcanzado, objetivo que habitualmente se desconoce cuál es, pero que supone la incertidumbre irresuelta que hace, una vez más, sonar el despertador. Uno habitualmente se pasa la vida como en el mito de Sísifo y sólo la diferencia entre la noche y el día nos permiten descansar de nuestra eterna agonía. Una agonía que, lejos de hacernos sufrir, supone la esencia de la vida.

martes, 12 de abril de 2011

Breve pero intenso.


Quería algo corto, un verso o dos, algo que durante un tiempo no haga daño. Así que en lugar de darme al amor, me dí al mundo, al humo y al lúpulo que, en otros términos más elaborados, es más conocido como cerveza o buena vida.

No me llamen Bukowski, aún puedo darme al té.

jueves, 31 de marzo de 2011

Infinita capacidad de desear.


Deseamos más autos y más grandes. Deseamos más carriles y que estos sean más rápidos. Deseamos más artículos de compra y venta, más televisiones, más carteras, más pantalones. Más dinero en nuestras cuentas corrientes. Mas esto no es todo lo que deseamos. Deseamos más harapos, más gazapos, e incluso más penas. Ser más listos, más altos y más guapos. Deseamos más mañana inesperadas, más pasiones destartaladas, más veranos incendiados, más noches a la luz de las velas, más, más, más, más. Más segundos, minutos y horas; más tiempo. Más colillas en el cenicero, y una mayor llama en el mechero. Más palabras, más actos y más explicaciones. Más cafés, aún más colillas. Más cervezas, aún más colillas. Más ron, aún más éxtasis. Más hombres, más mujeres, más colchones, más corazones.

Deseamos tanto que a veces olvidamos que el tiempo es más caprichoso que nosotros y, a menudo, nos hemos deseamos tan poco a nosotros que de repente ya no hay tiempo para hacerlo.

jueves, 17 de marzo de 2011

El bello arte de pensar.


Si algo admiraba de ella era su forma de pensar. Pensaba y pensaba, jamás dejaba de pensar. Tan sólo en las noches de calor y humedad conseguía que su razonamiento saliese a pasear.

Fueron muchas las horas que pasó pensando aquel templado invierno. Fueron muchas las horas y en el fondo muy poco tiempo. Apoyada en su ventana, retirado ya el cristal, no había pensamiento que dejase sin tocar. Tan racional y a la vez tan visceral, era esa su virtud o su máximo defecto. Y es que pensase lo que pensase sólo ella sabía lo que pensaba en realidad y no era pura casualidad, sino más bien un rasgo de su personalidad.

Y aunque sea reincidente, yo admiraba su forma de pensar. Apoyada en su ventana se daba cuenta de la cortina de humo que envolvía a toda aquella sociedad. Se fijaba atentamente y le daba por pensar que la mente de aquella gente estaba llena de banalidad. Algo peor sucedía cuando leía el periódico, pues ahí confirmaba aún más que no había más gran mentira que el mundo en general. Era triste, se decía. Incluso a veces remitía a que era inmoral. Inmoral porque la gente sufría, inmoral porque nadie lo impedía, inmoral porque aquel sufrimiento a otros les producía bienestar, inmoral, inmoral, inmoral y así hasta un sin fin de cosas que podría enumerar. Triste por en el fondo a poca gente le importaba de verdad, triste porque todos pensaban que a ellos nunca les iba a pasar, triste porque aunque les importase estaban atados a cadenas de las que era difícil escapar, triste, muy triste, triste hasta rebosar. Pero si algo bueno tenía es que en el fondo ella pensaba que todo aquello se podía cambiar. Ella pensaba que estábamos aquí para mejorar, y así creció viviendo en ese temporal.

Poco a poco y con el paso del tiempo, confirmó aún más lo que sabía ya. Y apoyada en la belleza de aquel arte que ni siquiera sabía si podía dominar, expresó todos aquellos pensamientos; allí dentro eran demasiados ya.

Lo hizo en tercera persona, creía que no era digna de destacar.

Optimista ímpetu de continua reforma.


Ropa interior tirada por el suelo. Restos de destrucción. Más ropa interior tirada por el suelo, esta, manchada de carmín. Océanos de humo. Botellas en el salón y el periódico del día anterior. Dos billetes de ida y tan sólo uno de vuelta. Éxtasis, oscuridad y al fondo una luna llena. Ron, mucho ron. Calor, mucho calor, incluso más que ron. Para ser más exactos, más calor que ropa interior. Pero sobre todo, dudas, casi un mar de dudas.

Salí de aquí y volví como vuelve un perro abandonado, magullado, pero volví. Magullada pero más vieja que cuando fui.

Ahora, una vez aquí, la costumbre se apodera de mí. Ahora, una vez aquí, los teléfonos siguen sonando pero no hay nadie para responder. Total, ¿para qué?
Después de recorrer calles cortadas que, sin ningún sentido, estaban allí. Después de levitar para al final caer. Y, aunque nunca fue mi intención, hice pactos con el diablo, vendí parte de mí. Ahora empiezo a recuperarla, ahora empiezo y lo haré para llegar hasta el fin.

Recojo la ropa interior. Aunque suene redundante destruyo los restos de destrucción. Recojo más ropa interior, esta, manchada de carmín. Aspiro el humo. Lleno la basura de las botellas y el periódico que el día anterior llenaban mi salón. Compro un billete de vuelta. Más éxtasis, menos oscuridad y al fondo una luna creciente. Ron, mucho ron. Calor, mucho calor, incluso más que ron. Para ser más exacto más ron que ropa interior. Pero sobre todo, dudas, casi un mar de dudas.

Hay cosas que no cambian ni con experiencias, ni con ron, ni con mucho calor. Es la esencia, la esencia de mi yo interior ese optimista ímpetu de continua reforma.

viernes, 4 de marzo de 2011

COMO BUEN OCCIDENTAL.


Me cansé. Me cansé de hablar en primera persona. Me cansé de que las letras sólo se uniesen para expresar mis titubeos. Me cansé de tanta ingenuidad y de tanto temporal.

Me cansé y no de una manera nociva. Me cansé pero de la mejor forma que te puedes cansar. Me cansé de tanto ahogarme, y para volver a respirar.

Respirar en esta espiral de aires nuevos, donde confluyen inquietudes y placeres. Respirar mi aliento, el suyo, y el tuyo. Respirar para volver a ese mundo que va más allá del “yo”. Respirar y recoger toda esa basura que alberga el tan amado mundo occidental.

Accidentalmente, que no occidentalmente, han vuelto el supongo, la nada, y por supuesto, el relájate y disfruta. Occidente, que no accidente, vuelve a despuntar y nos llena las portadas de mentiras que de nuevo tenemos que pagar. Accidentalmente, y otra vez más, el ciudadano de a pie las vuelve a masticar.

Masticando es como queremos triturar toda esa hipocresía occidental. Masticando libertades, velocidades, y hasta el humo que por mucho que masticamos nunca dejamos de tragar.

Tragamos y tragamos pero cada vez estamos más delgados. Tragamos y tragamos y nunca sabremos hasta cuándo tendremos que tragar.

Después de todo yo creo que tragamos por el miedo a que un día sea la hipocresía occidental la que nos trague a nosotros. Amigos, ya es tarde, hace tiempo que nos engulló sin la menor compasión. Como a un buen occidental...